Fallas y toponímia

En esta, como escribió Viciana en sus crónicas, ínclita ciudad de Valencia, la toponimia urbana y las fallas son todo uno. A las fallas las conocemos y situamos por los nombres de las cuatro esquinas donde se plantan y a las calles, ídem de lienzo, por las fallas que se levantan en ellas.

En América, casi la totalidad de las grandes urbes, como Nueva York o Bogotá, usan números y puntos cardinales para nombrar sus calles, lo que sin duda es de gran ayuda a la hora de guiarte por sus avenidas. Pero en Europa, donde los nombres de las calles han sido utilizados en general, para honrar la memoria de nuestros prohombres, se ha desvirtuado la función primigenia de los topónimos de facilitar la localización y orientación en las ciudades. Y en muchas ocasiones resulta tedioso encontrar cierta dirección incluso haciendo uso de las nuevas tecnologías como el GPS.

Pero en Valencia, la gran Valencia formada por pueblos anexionados, barrios y topónimos por doquier, este hecho se minimiza gracias al tejido asociativo que forman las fallas y su implantación en todos los rincones de la ciudad. Dicho de otra manera, las fallas nos han servido históricamente como sistema de referencia para orientarnos en nuestra ciudad gracias al uso de los topónimos como nombre habitual y su arraigo en nuestra sociedad. Así, gracias a las comisiones, sabemos enseguida que Sindico Mocholí entronca con Ingeniero José Soto Micó y  que la calle Cuenca cruza la plaza del Obispo Amigó.  Los taxistas deberían estarnos eternamente agradecidos.

La sublimación de las calles con falla

Esta pasión que uno tiene por la ciudad, sus calles y sus fiestas es más común de lo que podría parecer. A los locos por la cartografía nos encanta dibujar mapas y planos, ciudades inventadas con ensanches y centros históricos. Y, si además eres “fallófilo”, en cada cruce de tu ciudad, imaginas una falla.  No estoy solo en esto, doy fe.

Los de mi calaña empezamos a labrar el imaginario desde bien pequeños, cuando íbamos añadiendo a nuestro repertorio mítico aquellas calles con falla que teníamos en nuestro entorno. Y digo calles con falla, por que las que no tenían pasaban a un segundo plano. Lo que ha conseguido una falla en nuestro imaginario colectivo no lo ha conseguido ni siquiera el Corte Inglés. En mí candidez infantil, Pintor Sorolla era una calle vulgar, una calle sin falla.

Los primeros enclaves que empiezan a engrosar este repertorio son, aparte de tu propia falla, los más próximos a tu entorno. En mi caso, Trinidad y Molinell – Alboraya por su cercanía a mi casa, Blanquerias y Na Jordana por estar rodeando mi colegio y Lope de Vega y Mossen Milá por lindar con mi falla. Todo lo que se salía de este marco familiar era tierra por conquistar.

El siguiente paso era fabular con un plano de la ciudad y El Turista Fallero en la mano: Joaquín Costa-Conde Altea, Albacete-Marvá, Zapadores-Vicente Lleó, etc. Las más premiadas eran las que más se escuchaban en los medios, pero eso no era tan relevante, por lo menos para mí. Su situación en el plano de la ciudad, la sonoridad del nombre, ese exotismo de lo lejano y desconocido. Tal vez por eso Palleter-Erudito Orellana fue siempre de mis favoritas. Y más aún cuando me enteré que el titular de la calle era el mismísimo Marco Antonio de Orellana, padre de la toponimia urbana valentina.

Las fallas, baluartes de la toponimia

En su origen, las fallas y  los nombres de las calles compartían un denominador común: ambas se encontraban en el espacio público y eran promovidas desde abajo, desde el pueblo. Luego la tradición y la costumbre las fueron validando, hasta la llegada del Estado liberal en el siglo XIX, cuando este decidió tomar las riendas del nomenclátor para honrar a los padres de la nueva nación y para controlar a unas fiestas cada vez más críticas con sus políticos.

El hecho de que las fallas tomen el nombre de la calle donde se plantan, unido la cantidad de  literatura que han ido generando (llibrets, revistas, artículos, ensayos, etc.) desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, hacen de su estudio, un referente más que necesario a la hora de abordar un estudio riguroso de la historia toponímica y urbana de Valencia.

De igual modo, los cambios más recientes acaecidos en nuestro callejero y los que están por venir, también han afectado y afectan a las fallas que en ellos se han visto involucradas. No hay que olvidar el arraigo que para cada comisión tiene el nombre de su falla, independientemente del titular de la calle o plaza y de sus meritos para estar ahí.

Por ello, resulta interesante y cuanto menos curioso cotejar el trasiego de nombres de calles, barrios nuevos, plazas que desaparecen, calles que cambian de sitio, personajes históricos de ida y vuelta, etc. que han ido teniendo las distintas comisiones según el momento histórico en el que nos encontrásemos.

Cronología toponímica fallera

Como hemos dicho anteriormente, un repaso de los nombres de fallas y calles, es decir, de las revistas falleras, guías urbanas y llibrets, de los últimos 150 años nos puede ofrecer un punto de vista novedoso en la historia urbana y toponímica de Valencia. Al fin y al cabo, la historia de nuestra ciudad, la que se nos quiere hacer recordar y parte de la que se nos quiere hacer olvidar.

Así, en la actualidad existen fallas que continúan usando la toponimia histórica de las calles donde plantan. Es el caso de la falla Borrull-Socors (en vez de Dr. Peset Cervera) o Quart Extramurs (en vez de Castán Tobeñas), por ejemplo. O fallas que siguen usando el nombre pre-democrático de la calle o plaza: Plaza García Morato-Yecla, cuando el nombre oficial debería ser Plaza Olof Palme-Yecla. También resulta curioso el caso de la falla Aras de Alpuente-Castell de Pop, que sigue usando el topónimo de Aras de Alpuente cuando el municipio al que va dedicada la calle ha cambiado de nombre por el de Aras de los Olmos. Paradigmático resultó también el caso de la falla de la plaza de la Reina, que no cambió de nombre a lo largo de los más de 10 años que duró la oficialidad  del nombre de plaza de Zaragoza durante la década de los 70. Sin embargo, sí que adoptó el nombre de plaza de la Regió Valenciana, cuando este fue el nombre oficial de  la plaza durante los años 30.

llibret falla plaça de la Regió Valenciana

Otro caso rocambolesco de topónimos y fallas, es el de las plantadas en la calle del Dr. Marco Merenciano, General Llorens y Gayano Lluch. Estas ya cambiaron el nombre de General Moscardó (de ahí que a la falla General Llorens-Dr. Marco Merenciano se le conozca con el nombre de “Els Generals”) por el del polémico doctor con las modificaciones que se produjeron en el nomenclátor de la ciudad a finales de los 70. Ahora, de nuevo,  puede volver a producirse un cambio al estar la rotulación de Marco Merenciano, posible instigador de la ejecución de Peset Aleixandre, en entredicho.

llibret falla ramiro ledesma

 

Otras comisiones sin embargo, con la retirada a finales de los 70 y principios de los 80 de nombres franquistas de nuestro callejero, sí que se adaptaron al nuevo nomenclátor. Los más conocidos son los ejemplos de las fallas plantadas en la Avenida del Reino de Valencia, antes Antiguo Reino y Jose Antonio. O la falla San Vicente – Falangista Esteve, ahora Periodista Azzati. Menos sonados pero también muy significativos fueron los casos de fallas como Actor Mora – Ramiro Ledesma (ahora Av. Constitución) o San José de Pignatelli – Onésimo Redondo (ahora Dr. Peset Aleixandre).

llibret falla onesimo redondo

En el primer tercio del siglo XX la construcción de nuevos barrios y calles, junto a los cambios acaecidos en el callejero, produjo la aparición de nuevos nombres de fallas, algunos de ellos modificados en la actualidad: falla del carrer Corset (actual calle Denia), Carrer Roberto Castrovido (Actual San Francisco de Borja) -Cuenca, Luis Morote (Actual Convento de Jerusalén) -Matemático Marzal, Jose Mª Orense (Actual Cardenal Benlloch) o Primado Reig (Actual Avellanas)-Cabillers.

llibret falla Cabillers Primat Reig

También en esta época, donde las calles permanecían sin nombre oficial durante mucho tiempo, encontramos fantásticas curiosidades. Así, en barrios más allá del camino de tránsitos, donde eran los vecinos quienes ponían nombres a las calles, encontramos la falla Preciados – Rivadavia (nombres vulgares, el primero de ellos en clara alusión a la vía madrileña), actuales Vicente Lleó y Organista Plasencia.

llibret falla Preciados Rivadavia

E incluso, dentro del ensanche proyectado por Francisco Mora, las calles permanecían tan solo con la numeración que este les había otorgado, previa a su rotulación oficial. El ejemplo de la falla Joan Llorens – 59 del Plano (actual Calixto III), es bastante ilustrativo.

llibret falla Joan Llorens i 59 del plano

Los nombres de las fallas también nos permiten mantener en la memoria aquellas plazas y calles absorbidas por las reformas urbanas de la ciudad y que en su día tuvieron cierta tradición de plantar falla. Son claros ejemplos las plazas de Pellicers y Pertusa arrasadas por la apertura de la avenida del Oeste, la plaza del Contraste, en Ruzafa o la plaza de Mirasol, desaparecida con la reforma del eje Marques de Dos Aguas – Poeta Querol.

llibret falla plaça Mirasol

Y finalmente las fallas primigenias, aquellas primeras fallas de las cuales tenemos constancia y que nos evocan una Valencia desaparecida o cuanto menos su nomenclátor: la falla del carrer de Sant Narcís, de la plaça de Calatrava, dels Porchets o la famosa falla de la placeta del Almodí son claros exponentes.

llibret falla almodí

 

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