Dionis Vidal: del olvido a la gloria

La historia está plagada de pequeños detalles que hacen que los acontecimientos discurran por unos derroteros u otros. El cartógrafo alemán Martin Waldseemüller nombró  “América” al nuevo continente en su famoso planisferio, pensando que Américo Vespucio había sido su descubridor. Colón reclamó y Waldseemüller rectificó, pero ya era demasiado tarde y las miles de copias de la exitosa Universalis Cosmographia recorrieron toda Europa consolidando el nombre de América para siempre.

El parnaso pictórico

Antonio Palomino (Bujalance, 1655 – Madrid, 1726), pintor de cámara de Carlos II y tratadista, escribió, entre 1715-1724  “Museo pictórico y escala óptica” dentro del cual incluyó la más completa obra biográfica de pintores del siglo de oro español. Dicho apartado, titulado: “El parnaso español, pintoresco y laureado”, ha sido un referente biográfico para las generaciones venideras, entre ellas las de cronistas y archiveros que en su día incidieron en el nomenclátor de nuestra ciudad. Cualquier olvido o ausencia en el diccionario de Palomino, intencionada o no, te condenaba al ostracismo, aunque a posteriori se demostrase la valía de ilustres ausentes, como le pasó a Colón.

Portada Museo pictorico y escala optica
Portada del famoso libro de Antonio Palomino.

 

Donis, Dionis o Dionisio Vidal (Valencia, ca. 1670 – Tortosa, después de 1719), el pintor valenciano que ha saltado a la palestra estos últimos días por la reciente restauración de su obra maestra en las bóvedas y muros de la iglesia de San Nicolás de Valencia, es un claro ejemplo de lo injusto que a veces puede resultar un nomenclátor de calles y lo olvidadiza de una sociedad como la valenciana, para con sus hijos más ilustres.

Vidal pintó, bajo la tutela de su mentor Antonio Palomino, las bóvedas de San Nicolás hacia el año 1700. Y allí mismo, en lo alto de la iglesia, al lado del rosetón gótico, se autorretrató al lado de su maestro. Su aspecto asustadizo y cariacontecido contrasta con el de un altivo y solemne Palomino. 20 años después, el maestro no incluyó a su discípulo valenciano en el parnaso pictórico y eso le costó el olvido social e institucional.

Vidal i Palomino
Vidal, derecha y Palomino retratados en la iglesia de San Nicolás.

Una ausencia imperdonable

Y es que, los frescos de la iglesia de San Nicolás de Valencia se han convertido en el último fenómeno cultural de masas de la ciudad. Son el último grito. Llevan más de 200 años entre nosotros, pero jamás se habían visto esas colas para contemplar la recién restaurada iglesia. Se nos llena la boca diciendo que es la “Capilla Sixtina Valenciana”, entonces, me pregunto ¿Dionisio Vidal sería el Miguel Ángel valenciano? Porque si es así, su ausencia en el callejero ya es del todo injustificable.

No hay que olvidar que los pintores son uno de los colectivos mejor representados en nuestro nomenclátor, por eso llama la atención, cuanto menos, que una ciudad que tiene cientos de calles dedicadas a cosas intrascendentes (a la fragata y a la canoa, por ejemplo)  no haya reparado en un pintor del calibre de Vidal.

Pero no solo eso. Vidal no solo no aparece glorificado en nuestro callejero, si no que su nombre no aparece ni si quiera en los listados que los distintos cronistas y funcionarios facilitaban al negociado de estadística para rotular nuestras calles. Listados de los cuales se escogían algunos nombres y otros se quedaban en el tintero, pero por lo menos eran propuestos. Así, ni Boix, ni Llorente, ni Almela y Vives ni Carreres, incluyeron a Vidal en los inventarios de posibles personajes históricos a tener en cuenta. Sin duda, su ausencia de la obra biográfica de Palomino influyó sobremanera.

Pero, ¿Qué llevó a Palomino a no incluirlo en el Parnaso pictórico español? A priori, podría parecer que Vidal no fue reconocido por su maestro debido a su bajo nivel artístico. Pero, según cuenta el erudito Orellana, esto no sería así, sino más bien al contrario. Según este, Palomino rehusó de incluirlo en su obra para no debilitar a su discipulo con el halago, en palabras del propio Orellana: «…viviendo como aún vivía Vidal, no había llegado aún el día de sus alabanzas, aunque ya las mereciera, porque el obsequio de este incienso está por lo común reservado para los difuntos». Sea como fuere, Vidal lo pagó caro.

Sin embargo, sí que encontramos el topónimo Vidal en nuestro nomenclátor urbano. Se trata de una pequeña calle paralela a la de la Paz, que discurre entre la de Marqués de Dos Aguas y la plaza de Margarita Valldaura, que según el mismo Orellana recibió ese nombre ya que en ella se encontraba la casa familiar de los Vidal, habitada desde 1655 por Don Galcerán Vidal caballero de la orden de San Juan, Comendador de Torrente y su hermano Don Josep Vidal, caballero de la misma orden. Quién sabe si Dionis Vidal perteneció a esta rama familiar de los Vidal y por tanto la citada calle también pudiese hacer referencia a él. Aún así, Dionisio merecería un reconocimiento más allá de esta casualidad toponímica.

Rotulo calle vidal
Rótulo de la calle de Vidal sobre la fachada del desaparecido colegio Cisneros.

Los hacedores de San Nicolás en el nomenclátor

Vidal no trabajó sólo en San Nicolás. Junto a él, otros pintores y arquitectos participaron en la barroquización de la iglesia, pero sus compañeros de proyecto tuvieron distinta suerte en cuanto a reconocimiento social y su reflejo  en nuestro nomenclátor. De todos ellos hemos seleccionado a los tres más relevantes: el propio Antonio Palomino, Juan Bautista Pérez Castiel y Juan Antonio Conchillos.

Antonio Palomino, como hemos dicho anteriormente, fue pintor de cámara de Carlos II y es  considerado el mejor muralista del barroco español. En Valencia dejó su sello en la Basílica de la Virgen y en los Santos Juanes, aparte de dirigir los trabajos de Vidal en San Nicolás. Su nombre, junto al de otros personajes menos merecedores de tal honor, como Ercilla o Palafox, fue propuesto en 1877 para rotular una calle en Valencia. La intención del recién restaurado gobierno borbónico fue la de castellanizar, en lengua, en hechos y en personajes, el nomenclátor de la ciudad, amén que Palomino se hizo merecedor de rotular una calle de nuestra ciudad. La calle de Palomino en la actualidad es la siguiendo la dirección de la antigua muralla árabe, va desde la calle Roteros hasta la de la Cruz.

Al arquitecto Juan Bautista Pérez Castiel (Cascante (Teruel), ca. 1650 – Valencia, 1717) le debemos la ornamentación barroca de San Nicolás. Su nombre fue propuesto por el cronista Salvador Carreres para la profunda actualización y remodelación que sufrió nuestro nomenclátor en 1940. La sexta travesía de Conde de Torrefiel, donde actualmente se ubica, entre esta calle y Marqués de Montortal recibió el nombre de arquitecto Juan Pérez en honor a tan insigne arquitecto, aunque el rótulo fue poco agraciado, teniendo en cuenta lo común del nombre y del apellido. un cambio por Arquitecto Pérez Castiel facilitaría su identificación.

plano calle arquitecto juan Pérez
Calle del Arquitecto Juan Pérez en el plano catastral de Valencia (1944).

Y para finalizar el curioso caso del pintor Juan Antonio Conchillos (Valencia, 1641-1711) maestro valenciano de Dionis Vidal y representante del ambiente pictórico valentino de la época. Su nombre fue validado por el cronista Luis Cebrián en un listado que en 1927 el negociado de estadística facilitó a gobernación para cambiar los nombres vulgares de las calles de Valencia por otros más acordes a la historia de esta insigne ciudad (sic). En concreto la calle del Pintor Conchillos, que es así como se propuso, debía haber rotulado las actuales calles de plátanos y acacias, en el barrio de Benicalap, al considerarse estos topónimos como poco apropiados. Lo curioso del caso es que nunca se llegó a ejecutar la orden y las susodichas calles de los plátanos y las acacias continúan en nuestro callejero, mientras que el nombre del pintor Conchillos pasó injustamente al olvido toponímico, como el de Dionisio Vidal, nuestro Miguel Ángel.

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