EL GRUPO ALBORAYA Y LOS BALNEARIOS

Poner nombres a las calles de una ciudad no es una tarea fácil. Nunca lo ha sido. Por lo menos en estas latitudes donde estamos más preocupados de lo que le pasa al vecino que de nosotros mismos. Si yo no tengo una calle, este tampoco.

Antes del siglo XIX, cuando los nombres provenían del pueblo, algunas calles convivían en la misma época con varios nombres distintos, por ejemplo de linajes o familias que residían en ellas y que según el nivel de su fama acababan inmortalizados, o no, en el nomenclátor popular de la urbe.

Ya en el siglo XIX y sobre todo en el XX, la administración se hizo cargo de instrumentalizar el nomenclátor de calles en un intento de transmitir ciertos valores e ideas a los ciudadanos. Desde entonces, en Valencia y en todas las grandes ciudades españolas, cada régimen político ha impuesto su ideología y el callejero ha ido dando bandazos de izquierda a derecha sin un rumbo fijo, sin un proyecto toponímico universal que pudiera superar cualquier conflicto político o ideológico.

Después de la Guerra Civil y una vez borrados del callejero los vestigios de cualquier época pasada, el ayuntamiento franquista de Valencia tuvo ante sí el reto de rotular una cantidad ingente de calles. Pero ni ante tamaña empresa se creó una comisión especializada ni se realizó un proyecto serio de rotulación de calles. Los nombres de nuestras vías se fio a la improvisación y al gusto de este o aquel funcionario o cronista de turno, lo que nos ha dejado un nomenclátor de lo más incoherente y variopinto. Eso sí, gracias a lo cual, nuestro callejero está plagado de leyendas y anécdotas de lo más curiosas que nos ayudan a entender un poco mejor la historia urbana y toponímica de nuestra ciudad. Historias curiosas como la que traigo hoy al blog, la de los pueblos de veraneo de la burguesía valenciana en el nomenclátor.

 

EL GRUPO RESIDENCIAL ALBORAYA

El grupo de viviendas protegidas, conocido como “Grupo Alboraya” en sus inicios y “Grupo Generalísimo Franco” a partir de 1950 por exigencias del guión, pasa por ser la primera promoción de viviendas protegidas que llevó a cabo el Ayuntamiento de Valencia después de la contienda bélica. Situado en un solar propiedad municipal entre el camino de Alboraya, las vías del trenet y el brazo de Alegret de la Acequia de Mestalla, este grupo de viviendas empezó a gestionarse en 1929, pero no fue hasta 1943 cuando el arquitecto Javier Goerlich Lleó realizó el proyecto definitivo, que acabaría por construirse en 1950.

Grupo Alboraya Goerlich
Perspectiva del proyecto del Grupo Alboraya firmado por Javier Goerlich en 1943. Fuente: Fundación Goerlich.

 

La manzana trapezoidal y achaflanada típica del ensanche de Francisco Mora, la calle central donde se encuentran las escuelas diferenciadas para niños y niñas, los arcos de entrada y el estilo neocasticista utilizado por Goerlich hacen de este conjunto un grupo de viviendas singular dentro de la, muchas veces, monótona trama urbana de nuestra ciudad. Las viviendas, destinadas en un principio a las clases más desfavorecidas, fueron entregadas finalmente a los expropiados de las reformas de la plaza de la Reina y de la avenida del Oeste y a inmigrantes de las provincias limítrofes, que por esos años arribaron por miles a la ciudad.

 

LOS BALNEARIOS VALENCIANOS

En la actualidad, apenas quedan 2 o 3 balnearios funcionando en toda la Comunidad Valenciana, pero a mediados del siglo XX, cuando era una de las formas de ocio preferidas de las clases altas, llegaron a estar en activo hasta 10 establecimientos solo en la provincia de Valencia. La época dorada de los balnearios, como sitio de recreo de la nobleza y la alta burguesía, se produce durante el siglo XIX, aunque es durante la primera mitad del siglo XX cuando alcanza su mayor esplendor, estableciéndose en 1927 la Asociación Nacional de Propiedad Balnearia (Miranda, 1984).

En 1950, con el país intentándose recuperar de la guerra, los balnearios eran vistos como algo inalcanzable para las clases bajas, pero volvían a ser centro de reunión y descanso de la oligarquía dominante. A parte del de la Alameda, los balnearios de Cofrentes, Bellús, Benimarfull e incluso el más modesto del río Molinell en Oliva, estaban entre los preferidos de las clases pudientes valencianas.

Anuncio balneario Bellús
Publicidad del balneario de Bellús de 1928 extraída del diario La Voz Valenciana.

 

Tal era la predilección de la sociedad valenciana por este tipo de establecimientos, que incluso, algunos de ellos, fueron propuestos en 1949 para rotular un conjunto de calles de nueva apertura situadas alrededor de las nuevas viviendas proyectadas en el camino de Alboraya.

 

4 TOPONIMOS PARA EL GENERALISIMO

Efectivamente, a finales de 1949, ante la inminente entrega de las nuevas viviendas construidas en medio de la huerta del camino de Alboraya, al Ayuntamiento de Valencia le urgía poner nombre, tanto a la calle interior del grupo, como a las que le circundaban. Sin proyecto alguno para la rotulación de calles, uno de los ponentes del negociado de estadística propuso los nombres de cuatro balnearios valencianos, que sin duda, fueron aprobados de inmediato, tanto por la necesidad de rotular esas cuatro calles, como seguramente por los momentos que evocaban dichos balnearios y su importancia dentro del ocio de las clases acomodadas. Que eran, dicho sea de paso, las clases que decidían los nombres de las calles y no los futuros vecinos del barrio, que seguramente no habían pisado un balneario en su vida.

Así fue como el 25 de noviembre de 1949 el Ayuntamiento de Valencia decidió que la calle interior del grupo de viviendas Alboraya llevase el nombre de Bellús y las otras calles que lo rodeaban, exceptuando la calle de Alboraya, los de Cofrentes, Benimarfull y Molinell en honor a dichos balnearios valencianos. Posteriormente, por decisiones peregrinas y sin sentido del Ayuntamiento, este decidió que el nombre de la calle Genaro Lahuerta, que discurre paralela a los viveros, debería absorber el tramo de calle al otro lado de la calle Molinell, perdiéndose el topónimo Benimarfull de la trama urbana y reponeindose años más tarde en una plaza al otro lado de la ciudad, el sur de Patraix.

Como última anécdota señalar que, unos años más tarde, la colonia valenciana del pueblo turolense de Manzanera, solicitó que se rotulara una calle en Valencia en honor a su pueblo. El Ayuntamiento, ávido de nombres, decidió situarla en este mismo barrio, perpendicular a Molinell y Cofrentes, al ser también muy famoso entre los valencianos el balneario de este pequeño pueblo aragonés.

 

 

REFERENCIAS

Miranda Montero, Mª Jesús (1984): Los balnearios valencianos: El declinar de una forma de ocio, en Cuadernos de Geografía 34, 81-98, Valencia, Universitat de Valencia.

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