RIPOLL, MÁRTIR Y HEREJE.

Cayetano Ripoll, maestro de escuela en la Ruzafa del primer cuarto del siglo XIX, fue procesado y condenado por hereje en 1826 y ostenta el triste honor de ser la última víctima de la Inquisición de la historia. El anacrónico ajusticiamiento al que fue sometido Ripoll, las acusaciones por las que fue procesado, el delirante final de sus días y sobre todo, la entereza y dignidad con las que el abnegado maestro aceptó su condena, hicieron de él y su causa todo un símbolo contra la intolerancia religiosa y en pro de la libertad de conciencia entre los grupos más progresistas de la Valencia decimonónica. Por eso, cuando republicanos y librepensadores accedieron a puestos de la administración del ayuntamiento de Valencia a finales del siglo XIX, uno de los primeros nombres en salir a la palestra para rotular una plaza fue el del maestro Ripoll.

Pero en Valencia, donde el intento de control de la toponimia urbana por parte de los distintos grupos de poder había ido in crescendo desde mediados de siglo, no iba a ser fácil poner el nombre de un personaje que representaba el papel de mártir o hereje según la ideología que le hacía referencia. De nuevo otro proceso, también polémico y con gran carga política se abría en la ciudad en el nombre del Mestre de Russafa, cuyos últimos coletazos se pegaron en 1980, casi un siglo y medio después de su muerte.

EL PROCESO RIPOLL

Antes de llegar a Valencia, el mestre Ripoll, catalán de nacimiento, estuvo cautivo en Francia después de la guerra contra Napoleón, donde tomó contacto con la doctrina deísta, la cual considera que Dios creador existe, pero niega la religión revelada. Ya en España obtuvo la plaza de maestro en Ruzafa, en una escuela del camino de Pinedo en la partida conocida como Perú. Allí pronto se ganó el cariño de los vecinos por su humildad y dedicación con los niños, pero llamó la atención de algún reaccionario que lo acusó de no oír misa los domingos, comer carne los viernes y de enseñar a los niños a saludar con un “Alabado sea Dios” en vez de con un “Ave María Purísima”, como era de precepto.

La Inquisición, que ya había sido prohibida por las Cortes de Cádiz (1810-1814) y de nuevo durante el Trienio Liberal (1820-1823) fue restablecida con el nombre de Junta de Fe por el ultramontano Arzobispo de Valencia Simón López, acusó a Ripoll de hereje y fue condenado a morir en la horca y a quemar su cuerpo. El maestro, al que se le reconoció buena conducta y no hacer proselitismo en la escuela, estuvo varios meses encarcelado en San Narciso (al final de la actual calle del Salvador) sin declarar ni tener defensor. Hasta que el 31 de julio de 1826 fue ahorcado en la plaza del Mercado y metido en una cuba de madera con las llamas pintadas simulando su cremación, tal vez reconociendo lo anacrónico del suceso, y finalmente arrojado al río.

La actuación de la Junta de Fe de Valencia provocó un gran escándalo internacional y desde Inglaterra y Francia llegaron agrias protestas contra el reinado de Fernando VII, cuyo mandato, entre 1823 y 1833, fue conocido como década ominosa no por casualidad. Las Juntas de Fe y por tanto la Inquisición fue abolida finalmente en 1834.

 

RIPOLL EN LA TOPONIMIA URBANA DE VALENCIA

La primera petición oficial para rotular una plaza con el nombre del Maestro Ripoll tuvo lugar en 1892. La demanda estuvo liderada en todo momento por el concejal republicano del Ayuntamiento de Valencia Aurelio Blasco Grajales, abogado, escritor y masón, ferviente defensor de los valores y las ideas progresistas. La plaza escogida por Blasco Grajales para homenajear a Ripoll fue la plaza Mayor de Ruzafa, por aquello de que el maestro había ejercido su magisterio en las huertas de dicho poblado.

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Ruzafa en el plano topográfico de Valencia de 1883. La plaza Mayor, el gran espacio central del caserío.

 

El expediente prosperó, pero el consistorio valenciano se lavó las manos y decidió que fuese el cronista y los directores de algunos periódicos de la ciudad los que se pronunciasen sobre la petición del concejal republicano. Los directores de los diarios la Correspondencia de Valencia y El Criterio, de clara tendencia conservadora, se pronunciaron en contra del cambio de nombre, alegando que Ripoll no era valenciano y que no se podía alterar injustificadamente la toponimia histórica de la ciudad. Del mismo modo, Teodoro Llorente, cronista de la ciudad, tampoco vio con buenos ojos el cambio de rotulación de la plaza Mayor de Russafa por el nombre del maestro, aduciendo que este homenaje podría “contrariar el sentimiento católico de la inmensa mayoría de valencianos”. A pesar de la opinión en contra de todos los agentes consultados, la moción fue aprobada, pero misteriosamente nunca se llevó a cabo la rotulación oficial.

En 1903, de nuevo los concejales progresistas del Ayuntamiento de Valencia volvieron a pedir que la plaza de Ruzafa cambiase de nombre, y de nuevo se creó una fuerte polémica entre partidarios y detractores del icónico maestro, pero esta vez entre los propios moradores del barrio. Dos facciones opuestas de vecinos remitieron sendas cartas al consistorio pidiendo, unos que se mantuviese el nombre de plaza de Ruzafa y otros el cambio por el del maestro Ripoll. En realidad los vecinos, mediatizados, se hicieron eco en sus escritos de las mismas argumentaciones usadas por el cronista y los diarios conservadores para justificar su oposición al cambio, al igual que los vecinos partidarios de Ripoll subscribieron lo expuesto por los políticos y medios liberales.

Por fin en 1906, ya con mayoría republicana en el Ayuntamiento y con el Alcalde, José Sanchis Bergón y el Secretario, Tomás Giménez Valdivieso claramente a favor de la causa Ripoll, la rotulación de la plaza con el nombre del maestro se llevó a cabo. El día de autos fue una fiesta del republicanismo valenciano, y junto a Ripoll se homenajeó con sendas calles a otros tantos ilustres políticos valencianos como Sorní y Guerrero. La comitiva, encabezada por el Alcalde y el Secretario se fue trasladando de calle en calle, descubriendo las placas de los homenajeados al son del himno de Riego. Además, con motivo de la rotulación de la plaza del maestro Ripoll, el Ayuntamiento publicó un opúsculo titulado “Homenaje a Ripoll” que contenía un par de artículos sobre la vida y muerte del maestro, con datos y fechas valiosísimos para poder reconstruir los hechos fehacientemente.

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Placa rotuladora de la plaza del Maestro Ripoll. lapidasrotuladorasenvalencia.blogspot.com

 

El primero de los artículos titulado “Un ahorcado en tiempos de Fernando VII por su opiniones religiosas” estaba extraído del libro “Estudios sobre elocuencia, política, jurisprudencia, historia y moral” del abogado y político Salustiano Olózaga. En él encontramos al detalle el proceso judicial que sufrió Ripoll y el contexto histórico en el que sucedió. En el segundo artículo, titulado “Ripoll” y firmado por Cazalla (seudónimo de Tomás Giménez Valdivieso) el autor se traslada a la misma huerta de Ruzafa para entrevistarse con los vecinos de la zona, algunos de los cuales habían convivido con el maestro (en el momento de la entrevista tan solo hacía 68 años de la muerte de Ripoll). Se trata por tanto de un documento único e imprescindible y que debería ser tomado como ejemplo a la hora de rotular una calle en la actualidad.

 

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Portada del opúsculo publicado para conmemorar la colocación de la lápida de la plaza del maestro Ripoll. AHMV

El nombre de plaza del maestro Ripoll fue oficial hasta el final de la Guerra Civil, pero no caló demasiado en la gente, que seguía refiriéndose a la plaza como Mayor o de Ruzafa. En la postguerra recuperó el nombre de plaza de Ruzafa hasta que en 1963 fue bautizada con el nombre de Barón de Cortes en honor a Pascual Frígola, presidente de Lo Rat Penat e ideólogo de la Batalla de Flores de la Feria de Julio.

La aventura de Cayetano Ripoll en el nomenclátor urbano de Valencia acabó en 1980 cuando su nombre fue reclamado de nuevo por asociaciones progresistas de maestros y trabajadores de la enseñanza y el ayuntamiento de Pérez Casado accedió a rotular una plaza con su nombre, pero esta vez ya no sería en Russafa. La bella placa que rotuló durante treinta años la plaza del maestro desapareció después de la guerra y Ripoll volvió al nomenclátor en una plaza de nueva planta al final de la Avenida de Blasco Ibáñez, cerca del barrio de Beteró.

 

 

RIPOLL, MÁRTIR Y HEREJE.

LAS PLAZAS, ESCENARIOS SIMBÓLICOS DEL PODER

Las grandes plazas del centro histórico de nuestra ciudad, espacios abiertos entre el enjambre de calles de trazado medieval, se han ido conformando y ensanchando a lo largo de los últimos 150 años, aprovechando desamortizaciones y procesos urbanísticos de carácter higienista y especulativo.

De todas ellas, hay cuatro, las más significativas, que han sido asociadas tradicionalmente con los poderes fácticos de la ciudad. Así, la plaza de la Virgen simbolizaría el poder religioso, la del Mercado el comercial, la de la Reina el civil y la del Ayuntamiento, el financiero.

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Plaza de la Virgen, escenario del poder religioso, en 1915. AHMV

 

Son las plazas, por tanto, escenarios de poder donde se concentra el valor simbólico y la memoria de una ciudad, y no es de extrañar que el control sobre sus nombres, sobre la toponimia de estos lugares referentes, haya sido motivo de disputas y controversias desde que los nombres de las calles y plazas empezaron a ser utilizados a favor de una ideología u otra.

Sin duda, la plaza del Ayuntamiento, como plaza Mayor de la ciudad que es, es la que más vaivenes ha tenido en el nomenclátor, siendo utilizado su rótulo la mayoría de las veces con fines políticos. Pero la última polémica con los nombres de nuestras plazas, antes del paso del Caudillo al País Valenciano, no tuvo tintes políticos y la protagonizó la plaza de la Reina en los años 70.

 

DE LA REINA A LA REGIÓN

El ensanchamiento de la plaza de Santa Catalina nació en 1878 con vocación regia, recién restaurada la monarquía borbónica después de la primera república. A ese espacio urbano, surgido del derribo de una manzana triangular de casas y la desamortización del convento de Santa Tecla, se le puso el nombre de plaza de la Reina en honor a la reina consorte Mª de las Mercedes de Orleans, que falleció pocos meses después de casarse con Alfonso XII, con tan solo 17 años de edad.

A principio del siglo XX, la plaza de la Reina, con los nuevos accesos, hacia el mar por la nueva y flamante calle de la Paz y hacia el sur con el ensanchamiento y regularización de la de San Vicente, devino en el nuevo centro comercial de lujo de la ciudad. Entonces, el blasquismo, muy interesado realizar un lavado de cara de la toponimia urbana de la ciudad a su gusto, propuso el cambio de la Reina por el del escritor francés Víctor Hugo, pero nunca se llevó a cabo. Con Peris y Valero y la calle de la Paz fueron más pertinaces y consiguieron que el nombre del político valenciano figurase durante varios años alternando con la Paz durante el primer cuarto del siglo XX.

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Vista aérea de Valencia tomada en 1926 donde se distingue la circular plaza Redonda y la triangular plaza de la Reina. AHMV.

 

Con la llegada de la Segunda República los nombres relacionados con la monarquía borbónica fueron depurados de inmediato, sucediéndose un baile de nombres para todas las vías y plazas que los ostentaban. Para la plaza de la Reina el primer nombre que se propuso fue el de la República, pero el sector valencianista intercedió pidiendo mayor presencia de símbolos patrios y sugirió nombres como Región Valenciana, Señera y Ausiás March. Finalmente, la plaza de la Reina pasó a denominarse de la Región Valenciana, la del Príncipe Alfonso de Ausiás March (Actual Alfonso el Magnánimo) y la del Marqués de Estella, de la Señera (Actual de la Puerta del Mar).

 

LA POLÉMICA PLAZA DE ZARAGOZA

Al finalizar la Guerra Civil, la plaza de la Región Valenciana volvió a denominarse de la Reina y así perduró hasta finales de los 60, cuando se desató una fuerte polémica en la ciudad de la que participaron instituciones, entidades culturales, medios de comunicación y vecinos. La causa, un nuevo cambio de nombre de la plaza. Finalmente, la polémica duró 10 años en los que se cambió todo para que todo siguiese igual.

Desde los años 30 que se empezó con la piqueta, hasta 1969, la plaza de la Reina fue ampliándose a base de derribos hasta llegar a las puertas de la Catedral. Desde la primitiva y pintoresca plaza triangular hasta el “bunyol”, como la llamaron algunos entonces, pasaron casi 40 años de vergonzante y lamentable imagen en la plaza más céntrica de la ciudad.

El fin de las obras supuso la pérdida de la trama urbana medieval y la toponimia que la acompañaba, entre ella, la de una calle con tanto arraigo y solera como había sido la de Zaragoza. Entonces, el Ayuntamiento en primera instancia, para paliar tanta perdida de patrimonio, propuso que la calle del Pilar (actual Roger de Flor) cambiase a Zaragoza, por la duplicidad entre calle y plaza del Pilar y por la obvia relación entre dicha virgen y la capital aragonesa. Del resto de calles perdidas, la plaza del Micalet quedaba reconocida en la propia calle y las de Campaneros y Puñaleria, al hacer referencia a calles gremiales se decidió, a expensas del Cronista, dejarlas perder para evitar errores de localización futuros.

Pocas semanas después, los vecinos del barrio de Velluters y algún político no vieron con buenos ojos el cambio de Pilar por Zaragoza y en una decisión salomónica el Ayuntamiento acordó denominar a la plaza de la Reina como plaza de Zaragoza. Un ejercicio de metonimia toponímica, la parte por el todo, que pronto levantó ampollas.

El primero en poner el grito en el cielo fue el Ateneo Mercantil, que abogaba por mantener el topónimo histórico de la Reina, aún sin saber de qué reina se trataba (especularon incluso con que se trataba de Na Violant de Hungría, mujer de Jaume I) y que en caso de cambiarse, existían nombres más apropiados para la segunda plaza de la ciudad, como recuperar el nombre de Región Valenciana o plaza de la Catedral, por haber llegado dicha plaza hasta la fachada de la misma. Incluso el propio Ateneo ya propone como plaza de Zaragoza la resultante de los derribos de la estación de Aragón.

El Ayuntamiento tomó nota, pero la réplica no se hizo esperar. Días más tarde el Centro Aragonés de Valencia envió una misiva al entonces alcalde, Vicente López Rosat, donde se pedía firmeza para mantener el nombre de Zaragoza en la plaza y se hacía un alegato a la hermandad de los pueblos aragonés y valenciano, haciendo alusión a la ascendencia aragonesa de Blasco Ibáñez y Sorolla y a la ayuda que el pueblo aragonés brindó al valenciano en la riada del 57.

La polémica estaba servida cuando los rótulos de plaza de Zaragoza sustituyeron a los de la Reina ese mismo año. Los planos y guías adoptaron enseguida el nuevo nombre, pero el pueblo, los vecinos, siguieron utilizando el nombre de plaza de la Reina en su quehacer diario y en sus manifestaciones culturales. La falla de dicha plaza nunca adoptó el nombre de Zaragoza. Para muestra, un botón.

Placa Plaza Zaragoza2
Rótulo de la plaza de Zaragoza en 1971, actualmente plaza de la Reina. ADPV

 

Otras instituciones no tardaron en participar de la polémica. El Centro de Cultura Valenciana cortó por lo sano y propuso el nombre de plaza del Reino de Valencia, que entonces no tenía la avenida que actualmente se conoce por este nombre, alegando que en Zaragoza existía una plaza de Aragón y en Barcelona una dedicada a Cataluña.

En la prensa también hubo disparidad de opiniones y, por ejemplo, en un artículo firmado por Carlos Sentí en el diario Levante del 26 de abril de 1970, este se postula a favor del nombre de Zaragoza por ser el topónimo más antiguo y que hacía referencia a los moradores de aquellos lares que llegaron con Jaume I durante la conquista.

Con los años, la polémica se fue enfriando, pero la interinidad del nombre de Zaragoza era latente en todos los sectores de la sociedad valenciana. Hasta que 10 años después, ya con el ayuntamiento democrático al frente, Reino de Valencia sustituyó a Primo de Rivera, la Reina volvió a rotular la plaza, como si de un mal sueño se hubiese despertado y Zaragoza dio nombre a la moderna plaza que anunciaba el inicio de la avenida de Aragón.

Hoy, después de 140 años y tras numerosos avatares, la plaza de la Reina sigue conservando su nombre histórico, aunque no está exento de peligros en la actualidad dada su duplicidad con otra calle del mismo nombre en el distrito marítimo que mantiene en jaque a los estadistas más ávidos. La historia de su nomenclatura es la historia misma de nuestra ciudad contada en clave de plaza, auténticos centros de poder urbano.

LAS PLAZAS, ESCENARIOS SIMBÓLICOS DEL PODER

LUIS CORSET, L’HORTICULTOR DESAGREUJAT

El passat mes de gener, la Regidoria de Cultura de l’Ajuntament de Valéncia va facilitar una llista amb els noms de 44 dones que passarien a formar part de la guia de carrers de la nostra ciutat. Molts d’estos noms esborraran vestigis franquistes dels nostres carrers, però per a això, la primera cosa que ha de fer-se és corroborar, amb estudis rigorosos i ben documentats, que els personatges en qüestió, que seran suprimits, mereixen tal afront. Perquè és un deshonor per a València i el seu nomenclàtor que encara figuren certs personatges en la seua guia de carrers, però un error en l’elecció dels què han de ser eliminats, també produiria un dany irreparable a l’honor dels agreujats i les seues famílies.

Al llarg de la història, la instrumentalització del nomenclàtor de carrers per part de les autoritats locals i estatals per a transmetre una sèrie de valors i idees als ciutadans ha sigut molt habitual, sobretot en èpoques on els règims polítics estaven interessats a perpetuar-se al capdavant de l’Estat (Martínez, 2003). En estes èpoques, els canvis en el nomenclàtor es produïen sobretot entre topònims que no estaven en concordança amb el règim de torn i els que si ho estaven.

Però a vegades, els canvis de noms de carrers no tenen un matís ideològic sinó que són fruit de la desídia i el desconeixement. Alguns d’estos canvis s’efectuaven per la simple consideració de vulgar i indigne de certs topònims, que a posteriori s’han demostrat tan dignes i honorables com el substitut. Gran part d’eixos topònims es van perdre en el calaix de la indiferència, però altres van ser desagreujats i van tornar als nostres carrers. Este és el cas del personatge que hui ens ocupa, l’horticultor Luis Corset i Royo.

 

Luis Corset i l’Hort de Russafa

L’Hort de Russafa. Així és com era conegut el gran jardí que durant quasi tota la segona mitat del segle XIX va ocupar una àmplia zona del nord del dit poble (ara barri) , en la que hui seria el carrer de Dénia, arribant des del carrer Russafa fins a la de Cadis. La sobrietat del nom porta implícita la seua importància en una zona tan famosa per les seues hortes i jardins com ho era Russafa. El plànol topogràfic de València de 1883 no oferix lloc a dubtes, el jardí es localitza perfectament, ressaltat entre la trama urbana i l’horta limítrof.

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Plànol topogràfic de Valéncia de 1883. A la dreta ampliat el requadre roig on es troba el desaparegut Hort de Russafa i el carrer de Corset

 

Este famós jardí era obra i propietat de Luis Corset i Royo, valencià, natural i veí del llavors, municipi de Russafa. Pioner de l’horticultura ornamental, els seus bulbs, el seu jardí rústic i la seua alqueria, situada dins de l’hort, en el cantó dels actuals carrers de Cadis i Dénia, són, en 1849 els mas famosos de la ciutat.

Anteriorment, en 1836, Corset escriu un Catàleg de Plantes i Flors que és considerat el primer que es publica a València i segurament en tota Espanya. També, per eixes dates, arrenda l’antic claustre davanter del Convent de Sant Domènec i ho dedica a la cria de figueres de pala per a cultivar sobre ells la cotxinilla amb què s’obté un extracte de color roig o carmesí (Rodríguez, 1996).

Els seus vivers d’arbres fruiters i els passejos de plantes de totes les espècies eren visita obligada de la burgesia i l’aristocràcia valenciana en les jornades festives. Inclús el Duc de Montpensier va visitar ambdós horts de Corset en 1852.

Com ens conta Aurora Rodríguez en el seu llibre “historia de los jardines valencianos”, Corset va morir al voltant de 1870 sense descendència, però el seu fecund pas per la història de la jardineria valenciana va deixar una profunda empremta, tant en els seus companys horticultors, que prompte seguirien els seus passos, com en els veïns del poble de Russafa, que no van tardar a batejar com a carrer de Corset al carrer que partint des de la mítica plaça del Contrast es dirigia fins a l’alqueria on residia el seu il·lustre veí i on va crear el gran jardí conegut com l’Hort de Russafa.

 

Les festes de la Regió de 1927

A finals del segle XIX, Russafa, a petició dels seus veïns, va tornar a ser annexada a València i esta no va tardar a fagocitar-la amb els seus plans d’eixample i el seu ràpid creixement. Durant este període, l’obertura de nous carrers i els canvis en el nomenclàtor van ser constants, però el nom de Corset va perdurar, inclús amb la nova alineació del carrer, que ja es projectava rectilínia i paral·lela a la Gran Via de Germanies fins a arribar al mur que la separava de les vies del ferrocarril. Però res és etern en esta València nostra.

Recorte plano 1922
Plànol d’eixample de Francisco Mora de 1924. A pesar de les noves alineacions al barri de Russafa, encara es conservava el carrer de Corset.

Al maig de 1926, a la calor del fervor regionalista que es vivia en la ciutat després que un any abans els alcaldes de les tres capitals de província valencianes consagraren l’Himne de l’Exposició com a Himne Regional, es va instaurar la Festa de la Regió. Així, eixa mateixa primavera de 1926 es tornen a donar cita a València, les màximes autoritats de Castelló i Alacant, a les que s’unixen les de Sogorb i Alcoi amb la intenció de batejar amb els noms de les quatre poblacions altres tants carrers acabats d’obrir darrere de la plaça de bous, en els solars que deixava la desapareguda via fèrria que creuava l’eixample en direcció a Tarragona.

L’any següent, en 1927, van ser Borriana i Dénia les ciutats triades per a ser homenatjades en la guia de carrers de la nostra ciutat dins dels actes de celebració de la festa de la Regió. Les vies seleccionades per a ser retolades amb els noms de Dénia i Borriana van ser els carrers “En Projecte” número 24 i 25, respectivament, del pla d’eixample que havia projectat l’arquitecte Francisco Mora en 1907. No obstant això, el carrer numero 24 del dit pla ja havia sigut retolat en 1923 amb el nom de Comte d’Altea, però només el tram comprés entre Jacinto Benavente i Martí, ja que en el pla de Mora, la continuació d’eixe carrer en línia recta cap a les vies, a l’altre costat de Russafa, també va ser numerada amb el número 24. És a dir, el carrer conegut amb el nom de Corset, considerat com a continuació de Comte d’Altea, va ser numerat com un carrer en projecte més al no considerar-se oficial el nom de l’horticultor i per tant era susceptible de ser batejada amb un nou topònim, com així va ser, amb el nom de Dénia.

El més greu és que l’antropònim de Corset es va perdre per sempre del barri de Russafa per la ignorància i la desídia dels dirigents de torn. Ningú es va preocupar de saber qui era i perquè eixe carrer havia sigut batejat, pels propis veïns, amb el nom de Corset. Simplement se li va considerar un nom vulgar i inclús un erudit de la toponímia valentina d’aquella època, com va ser Godofredo Ros, va justificar el canvi en el nomenclàtor, reduint i enlletgint el nom de Corset al de “el huerto de un francés que llevaba ese apellido”1.

Carrer Déna-Cadis
Carrer de Dénia cantó amb Cadis en l’actualitat. No hi queden rastres de l’Hort de Russafa.

Una simple reparació: la plaça l’Horticultor Corset

En els anys 60 del segle passat, amb la ciutat en plena voràgine del desenvolupisme, els noms per a retolar els carrers de nova planta eren requerits a desenes. El llavors cronista de la ciutat i erudit valencià Francesc Almela i Vives, que era l’encarregat de supervisar i facilitar al negociat d’estadística una relació amb els topònims seleccionats, va proposar el de Luis Corset. Almela, gran coneixedor de la història toponímica de la ciutat, va adjuntar, en la seua proposta de 1964, una xicoteta biografia amb tots els mèrits de Corset, i al final d’esta va afegir: ”A Corset se le dedicó la calle llamada así hasta que se le impuso el nombre de Denia. Dedicarle otra calle sería una simple reparación. Y parece indicado que esta otra calle estuviera en la zona de Ruzafa”2

Rótulo Corset

Finalment, el nom de Luis Corset va ser reparat retolant-se una plaça amb el seu nom, però la intenció d’Almela de que es fera en la zona de Russafa va ser ignorada. La plaça de l’Horticultor Corset va anar a parar al barri de la Petxina, molt lluny d’on va estar el seu famós hort, desvirtuant-se així el topònim. Els valencians vam recuperar per a la nostra ciutat la memòria d’un fill il·lustre, però vam perdre un topònim excepcional que feia referència, no sols al personatge, sinó als jardins i horts que tanta fama havien donat al poble de Russafa durant el segle XIX i que ara, sense restes físiques ni toponímiques del lloc, corre el risc de caure en l’oblit.

Plaça horticultor Corset
Plaça de l’Horticultor Corset en el barri de la Petxina en l’actualitat.

NOTES

1.- GODOFREDO ROS: “Nuestras Calles”. Article sobre el carrer de Dénia publicat en la “Voz de Valencia” al febrer de 1928.

2.- ARXIU HISTÒRIC MUNICIPAL DE VALÉNCIA: Expedient de retolació de carrers nº 497 de 1964.

 

 

REFERENCIES 

MARTINEZ DEL CAMPO, Luis (2009): La construcción de identidades colectivas a través de la toponimia urbana. VI Congreso de Historia local de Aragón. Saragossa, Institución Fernando el Católico.

RODRÍGUEZ GARCÍA, Aurora (1996): Historia de los jardines valencianos. Valéncia, Edicions Marí Montañana.

LUIS CORSET, L’HORTICULTOR DESAGREUJAT

El “Tio Pep” reclama su sitio en la plaza

La falla de la Plaza de la Reina-Paz-San Vicente, conocida popularmente como “Tío Pep”, está a la expectativa de lo que parece ser, después de muchos proyectos desechados y muchas promesas políticas incumplidas, la ansiada remodelación de la Plaza de la Reina. Y es que el actual equipo de gobierno del  Cap i Casal se ha propuesto el objetivo, nada desdeñable, de remodelar las históricas y mal tratadas plazas del centro de la ciudad, entre ellas la de la Reina.

Un ritual secular

El 14 de enero de 1878, la comisión de estadística del Ayuntamiento de Valencia se hace eco del inicio de las obras de ensanche de la Plaza de Santa Catalina y, ante la inminente boda Real entre Alfonso XII y Mª de las Mercedes de Orleans, propone que esta nueva plaza lleve el nombre de Plaza de la Reina en honor a la nueva soberana. Sin solución de continuidad, en marzo de 1880 se planta, según las crónicas y los testimonios de  Elías Tormo y José Manaut entre otros,  la primera falla en la recién inaugurada plaza.

1895
Fotografía 1. La plaza de la Reina en 1895. Archivo Histórico Municipal de Valencia (AHMV).

 

De aquella coqueta e incipiente Plaza de la Reina de 1880 ya no queda nada, ni su fisonomía, que poco tiene que ver con la actual plaza, ni sus comercios, algunos de ellos centenarios pero ya desaparecidos. Ni siquiera el Miguelete asomaba por allí, ya que la plaza se abre a la Catedral y su torre a finales de los 60 con el derribo de la última manzana de casas que separaba la Plaza del Miguelete y la Plaza de la Reina. De todo lo que ha sucedido en esta plaza desde hace 135 años lo único que perdura es el ritual de la “plantà” y “cremà” de una falla cada mes de marzo.

Cronología de un desatino

La plaza de la Reina no es el sitio de encuentro y convivencia que debería ser esta zona histórica y centro neurálgico de la ciudad. Es más bien una rotonda mal disimulada, un lugar de paso, incoherente y antipático para vecinos y turistas. Pero no siempre fue así.

Entre la apertura de la plaza en 1878 hasta los primeros derribos de la manzana central en 1930, el aspecto de la plaza no varió cuanto apenas, salvo los dos bellísimos edificios que el maestro Lucas García levanto a finales del siglo XIX en las esquinas de la calle San Vicente con la plaza de la Reina, conocidos como “La Isla de Cuba” y “Sánchez de León”.

1898 PLAZA DE LA REINA
Fotografía 2. La falla de la plaza de la Reina de 1898 rematada por el transatlántico “Loyola” en clara alusión a la guerra de Cuba. Al fondo, el edificio de “La Isla de Cuba” en construcción. Foto cedida por Pilar Martinez Olmos.

Los distintos ayuntamientos de principio de siglo ansían convertir la plaza en el corazón de la ciudad y se barajan varios proyectos e incluso se pulsa la opinión de la ciudadanía, que apuesta mayoritariamente por una “plaza grande”, que abarque desde la calle San Vicente hasta la catedral.

Pero no es hasta 1930 cuando, siguiendo los proyectos de Aymamí y Goerlich, comienzan los derribos de la manzana central, que ante la falta de consenso e indefiniciones, seguido de los convulsos años de la guerra civil, se dilatan 20 años. La plaza llega a la década de los 50 convertida en un solar, donde ya solo permanece en pie la manzana que separa las plazas del Miguelete y de la Reina.

 

 

1956
Fotografía 3. La plaza de la Reina convertida en un solar en 1956. AHMV

En 1951 se convoca un concurso de ideas para la reforma de la plaza. Se presentan 18 trabajos, de los cuales se seleccionan 3 premios y 8 accésits. Ninguno de estos proyectos se llevo a cabo y las nuevas alineaciones seguían sin definirse. Ante la infame panorámica que ofrecía la plaza, la opinión pública empezó a generar cierto descontento, a lo que el ayuntamiento de Tomás Trenor respondió con un lavado de cara de la plaza: Se construye un estanque rodeado de jardines y en 1959 se inaugura la famosa fuente luminosa.

 

 

 

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Fotografía 4. La falla de la plaza de la Reina en 1963 con la fuente en primer término. Archivo José Huguet

En 1963 empiezan a derribarse las últimas fincas que separaban las plazas da la Reina y del Miguelete y en 1968 se aprueba la construcción del aparcamiento subterráneo. La fuente, que no duró ni una década, fue desmontada y llevada a los jardines de viveros donde todavía hoy continúa. De los restos arqueológicos que supuestamente deberían haber aparecido durante la construcción del aparcamiento, mejor ni preguntar.

En 1970 se inaugura el parking subterráneo y desde entonces, salvo algún que otro parche en fachadas y pavimentos, la plaza sigue con la misma fisonomía. Ni siquiera los primeros ayuntamientos democráticos ni el concurso de proyectos organizado por el Colegio de Arquitectos en 1999, cuyo primer premio parece será rescatado para la futura reforma,  ha conseguido sacar del letargo a nuestra querida y malograda “antiplaza” de la Reina.

1970
Fotografía 5. Las autoridades locales y la Fallera Mayor del “Tio Pep” inaugurando el parking subterráneo en 1970. AHMV

Centro de festejos y tradiciones populares

Antes de entregar su alma al tráfico rodado, la Plaza de la Reina fue durante muchos años el centro neurálgico de la celebración de festejos y tradiciones populares. Con la apertura de la calle de la Paz, el centro comercial de la ciudad pasó del Mercado a la Reina, y se fue de ella cuando la convirtieron en un solar.

A principios del siglo XX, la plaza era un lugar de celebración, invitaba a ello. En ella se han celebrado procesiones cívicas, religiosas, recibimientos reales e incluso se levantó un arco del triunfo en honor a Blasco Ibáñez en 1921. Pero sin duda, lo que marcó una época en la historia festiva de la plaza y de la ciudad, fue la plantà de la más famosa trilogía de ninots gigantescos erigida nunca: El “Tio Nelo”, “La muller del Tio Nelo” y “Nelet i Quiqueta”.

El “Tio Nelo”, que representaba al típico labrador de la huerta valenciana, fue plantado por los comerciantes y vecinos de la plaza en 1900 con motivo de la Feria de Julio. Presentado como arco de buen humor, con cara socarrona y “escarramallat”, permitía el paso de carros y tranvías por debajo de sus piernas. En 1902, los vecinos nostálgicos y animados por los éxitos que cosechó el “Tio Nelo” plantaron en fallas a “la muller del Tio Nelo”, que consiguió el 2º Premio. Y finalmente, en 1904 y nuevamente para celebrar la Feria de Julio, cierran la trilogía plantando 2 gigantescas figuras, ella sentada y él tocando la guitarra,  que representaban a “Nelet i Quiqueta”.

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Fotografía 6. “Nelet i Quiqueta” plantados por los comerciantes en la plaza de la Reina para la Feria de Julio de 1906. Archivo José Huguet.

 

Desde su creación, hasta el final de la contienda civil, la plaza vivió sus mejores momentos como centro comercial y cultural de la ciudad. Cualquier acto relevante se celebraba allí. En la plaza de la Reina han plantado fallas  el Círculo de Bellas Artes, La Societat Humorística l’Antigor e incluso la marca comercial Tintes Iberia, que plantó una falla publicitaria en 1924.

Los años dorados de la plaza se desvanecieron a golpe de piqueta. en los años 40, con la manzana central a medio derribar, se intentó recuperar el espíritu festivo de la plaza y de nuevo, evocando al “Tio Nelo”, se plantó una falla rematada por un ninot de espectaculares dimensiones titulada “Vuelve el Tio Nelo”, que fue arriesgada por su composición pero sobre todo por su argumento crítico contra el hambre, la falta de luz y el estraperlo típico de la postguerra.

 

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Fotografía 7. El “Tio Nelo” vuelve a la plaza de la Reina en 1946, esta vez haciendo una crítica mordaz de los problemas sociales en la postguerra. Archivo José Huguet.

En los años 50 el aspecto de la plaza no invitaba a celebración ninguna. Los vecinos buscaron otros emplazamientos para llevar a cabo las actividades josefinas y no se encuentran rastros de ningún acto festivo reseñable. El único que supo aprovechar el solar creado después de los derribos fue al Arzobispo Marcelino Olaechea, que instaló en ella su famosa Tómbola Valenciana de la Caridad. En 1948 fue inaugurada dicha Tómbola, que fue creciendo al compás de los derribos, hasta llegar a ocupar toda la parte central de la plaza.

 

 

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Fotografía 8. La Tómbola Valenciana de la Caridad instalada sobre los solares de la plaza de la Reina en 1950. Archivo José Huguet.

Con la fuente y el estanque en los 60, la plaza recobró cierta vitalidad. La falla del “Tio Pep” volvió y ya nunca más dejó la plaza. Pero el paso hacia el desequilibrio entre vehículos y espacio público ya estaba dado. El aparcamiento subterráneo lo acabo certificando en 1970.

 

Recuperar la identidad

En la actualidad la plaza, o más bien la “no plaza” como bien la llama Josep Sorribes, no cumple ninguno de los cometidos que debería tener un espacio de estas características en una ciudad como la nuestra y en pleno siglo XXI. No es un lugar amable donde poder pasear, tampoco es un punto de encuentro ni de intercambio cultural. Las fiestas y tradiciones que en ella todavía se celebran quedan arrinconadas por el tráfico rodado. Las procesiones y ofrendas pasan de largo, los mercadillos y la “escuraeta” se hacinan en los reducidos espacios peatonales. Y la falla, invisible, intenta mantenerse erguida entre el trasiego de vehículos, tal vez, en el mismo punto topográfico que un día la vio nacer, allá por 1880.

El cometido de reformar la plaza no es otro que recuperarla para los vecinos, para los paseos agradables y para las bellas perspectivas de la “Porta dels Ferros”.  Recuperarla, en definitiva, para la celebración, la tradición y las manifestaciones culturales. Y de esta manera recuperar también un lugar digno y adecuado para la “plantà” i “cremà” de una falla, la del “Tio Pep”, que aguarda expectante al proyecto de reforma, pero que legitimada por su historia, exige ser tenida en cuenta.

El “Tio Pep” reclama su sitio en la plaza